[Diario Financiero] René Cortázar economista e investigador de Cieplan: «No soy un defensor total de los 30 años. Cometimos errores grandes»

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Fuente: Diario Financiero

En su reciente libro «El gran desafío, la nueva Constitución», el ex ministro de la Concertación aborda la relevancia de las reformas políticas, rebate los mitos que se han instalado en el debate público chileno –como lo neoliberal de nuestra economía, dice– y reconoce los problemas que no supo enfrentar la transición. En cualquier caso, defiende el período: «El país vio como nunca una posibilidad de crecimiento económico, social y de desarrollo».

Hace tres meses sufrió una derrota electoral en las elecciones constituyentes, donde pretendía representar al distrito 8, de comunas como Estación Central y Maipú. Pero el economista René Cortázar (Santiago, 1952) confiesa: «No me arrepiento para nada de haber sido candidato», porque la campaña intensa representó «una gran oportunidad de conversar de la mañana a la noche con miles de personas, de confirmar las profundas frustraciones y el malestar que existe respecto de las dificultades para enfrentar el futuro».

Sobre el resultado, Cortázar parece resignado: «Simplemente prefirieron a otros candidatos. Son las reglas de la democracia», dice el ex ministro de Trabajo y de Previsión Social de Patricio Aylwin y de Transportes y telecomunicaciones del primer mandato de Michelle Bachelet. Aunque demuestra que no pretende quedarse inmóvil. Varias veces a lo largo de esta conversación reitera en la necesidad de «bajar de la galería y entrar a la cancha».

«Por lo menos para intentar que la visión propia se escuche y tratar de contribuir, modestamente», asegura el investigador de CIEPLAN y académico de la Universidad de Chile. En esta línea, acaba de publicar un libro «El gran desafío, la nueva Constitución», que fue presentado por Lucía Santa Cruz y Rodrigo Valdés, en una conferencia moderada por Alejandro Foxley.

– En su libro dice varias veces que nos encontramos en un momento central para Chile.

– Es enorme lo que se juega en la convención. Si esto sale mal, podemos abrir 30 años de frustración. Si esto sale bien, podría Chile tener la oportunidad de salir de la mediocridad en la que está hace siete u ocho años, dar vuelta la esquina y caminar adelante.

– ¿Qué lo empujó a escribirlo?

– Mi libro responde a una preocupación grande. En mi vida –voy a cumplir 70– me ha tocado vivir etapas distintas en nuestro desarrollo y progreso. Entre 1950 y 1990, nos mantuvimos por 40 años en el sexto lugar de la tabla de posiciones de América Latina. Crecíamos por debajo del resto del mundo y había enormes necesidades que quedaban insatisfechas, lo que era frustrante. Pero formo parte de la generación a la que le tocó observar el cambio, porque en los años 90 pasamos a crecer el doble que el resto del mundo y nos instalamos en el primer lugar de América Latina en una década. El país vio como nunca una posibilidad de crecimiento económico, social y de desarrollo.

– Pero se empezó a frustrar…

– Se empezó a frustrar con fuerza cuando empezamos a crecer por debajo del resto del mundo, en 2014, y a deteriorar todos nuestros indicadores, como el crecimiento y la generación de empleo. En los años de desarrollo acelerado, el poder adquisitivo del salario se duplicaba cada 20 años para un trabajador promedio que estuviera siempre en su mismo empleo. En la etapa de desarrollo mediocre –antes del 90 y después del 2014- ese mismo poder adquisitivo se duplica cada 40 años. Entonces, ¿vamos a volver a la etapa de desarrollo mediocre que nos ha caracterizado por décadas o Chile tiene alguna posibilidad de dar un paso adelante y seguir por un camino que pueda traer progreso y oportunidades a las personas?

– ¿Qué cree usted?

– No tengo la respuesta, pero pongo sobre la mesa algunos ingredientes que me parecen centrales. El más importante, a mi juicio: ¿qué fue lo que hizo la diferencia entre un país que tuvo un desarrollo mediocre por 40 años y después pasa en poco más de una década al primer lugar en indicadores económicos y sociales? ¿Los chilenos habremos tenido una mutación genética? No creo. Lo que hizo la diferencia no fueron los jugadores, sino las reglas del juego. Como dice Douglass North, premio Nobel de Economía: es la calidad de las reglas del juego lo que hace la diferencia entre los países que se desarrollan y los que se frustran en el intento. Chile es un gran ejemplo de su teoría.

– ¿A qué reglas se refiere?

– En la transición se cambió la regla fiscal: pasamos de 40 años de déficit fiscales a superávit fiscales, que contribuían al ahorro nacional. Cambió la regla tributaria que hacía que se incentivara el ahorro de las empresas. Cambió la regla previsional, la de concesiones de OO.PP., de comercio internacional, etcétera. Pero empezamos en 2014 con un desarrollo mediocre y, siguiendo a North, nos preguntamos: ¿qué pasó con las reglas del juego? Volvimos a los déficits fiscales. En regla tributaria: el impuesto a las inversiones, empresas, utilidades reinvertidas, en la época de los 90 eran la mitad de los países desarrollados. Hoy en día es 20% más alta que en los países desarrollados. Y así, podemos ir regla por regla. Entonces, ¿es sorprendente que en Chile haya caído la inversión y el crecimiento? Cuando tenemos reglas de juego de mala calidad, vivimos un desarrollo mediocre.

– ¿Cuál es la clave para mejorar esas reglas?

– Todas estas reglas del juego –la fiscal, la tributaria, la laboral, la previsional, la de concesiones de OO.PP., la de comercio internacional–, se determinan en el sistema político. Por lo tanto, no puede haber una economía de calidad –reglas del juego económicas de calidad–, sin una política de calidad.

– ¿Cuál es el gran desafío, entonces?

– Una reforma política de fondo, porque sin reforma política no tenemos salida. Con las actuales reglas de juego políticas no tenemos cómo revertir esta situación de mediocridad.

– ¿Cuáles son las reformas políticas que necesitamos, a su juicio?

– Lo primero es reconocer un hecho histórico: es imposible aplicar políticas de calidad y hacer las reformas a las reglas del juego que necesitamos con un sistema político polarizado y fraccionado en 15 partidos.

– ¿Por qué?

– La razón es muy simple: basta ver lo que ocurre cuando necesitamos hacer alguna de las reformas que Chile necesita. Cuando uno tiene dos bloques como teníamos en la transición –había muchos partidos, no había menos partidos que hoy– lo que ocurría con un gobierno sin mayoría en el Parlamento era que ambos bloques sabían que ellos eran indispensables. Nadie podía mirar al techo. ¿Qué ocurre cuando ese mismo desafío lo enfrentan 15 partidos, como hay hoy día en la Cámara? Cada uno sabe que no es indispensable y que otros pueden arreglar el problema. Y que, si dan un paso adelante, los demás le van a disparar. Conclusión: se preocupan de su reelección.

– Cuando presentaron el texto, el ex ministro Valdés lo definió a usted como un auto-complaciente sin concesiones y un defensor total de los 30 años. ¿Coincide con esta descripción?

– Yo no soy un defensor total de los 30 años, creo que cometimos errores grandes. Lo que sí, hago la pregunta básica que se hace en políticas públicas y en buena parte de las decisiones que uno toma en la vida: ¿comparado con qué? Comparado con nuestra historia pasada, fue un éxito. Comparado con nuestra historia presente, fue un éxito. ¿Tuvo problemas? Efectivamente.

– ¿Por ejemplo?

– Uno grande. Nosotros teníamos un sistema de pensiones en el que recogíamos el 10% de cotizaciones. Y a las personas se les dijo, como sociedad, que el sistema lo iba a proteger en la vejez. Al mismo tiempo, si se mira la experiencia mundial, todos los sistemas en que la pensión se asemeje en algo al último salario, se cotiza el 20%. ¿Qué justificación podemos tener para, durante décadas, –entre todos, me incluyo– hayamos mantenido cotizaciones del 10% para un sistema de pensiones cuando en el mundo se requería un 20% para que la pensión fuera aceptable cuando el trabajador se jubilara? Eso se califica como un error fundamental. Nos tenemos que hacer responsables todos los que tuvimos en nuestras manos haber corregido el problema.

– ¿Es un error inexcusable?

– Es un error inexcusable. Y ese error marca los últimos 30 años. Pero eso no me hace desconocer que esos 30 años fueron, sin comparación alguna, mejores que los que hubo en el pasado y que tenemos mucho que aprender de ahí.

– ¿Reconoce otro gran error de la Concertación?

– Cualquiera sea la coalición gobernante, en cualquier país, si busca gobernar por un cuarto de siglo, inevitablemente a lo largo de los años se empieza a producir una frustración creciente. No es un fenómeno chileno, sino global. Por lo tanto, si se quiere persistir en un proceso de cambio, no se debe dejar la bandera del cambio a otros, sino que la misma coalición gobernante debe reinventarse y renovarse. Es un elemento central. Nadie puede pretender gobernar 25 años sin cambiar su discurso, agenda, rostros y pretender seguir teniendo apoyo. Pero la Concertación tuvo un problema enorme de falta de renovación en su proyecto y en sus liderazgos, con lo que la frustración no se pudo canalizar. Finalmente, desde la izquierda a la derecha, ganó este discurso contra los 30 años, que permeó y cruzó el río. Y cuando eso ocurre en una sociedad, por más que la afirmación no sea correcta, se transforma en una especie de sentido común.

– Usted en su libro habla sobre los relatos.

– Porque no solo hay que cambiar las reglas del juego, sino los relatos sobre lo que está pasando y acerca de lo que hay que hacer. Si uno no es capaz de cambiar la discusión sobre los relatos, será muy difícil cambiar las reglas del juego en el sentido que necesitamos.

– Plantea que un mito dominante apunta a que la economía funciona como un ejercicio de suma-cero.

– Hoy en día en Chile predomina un relato que entiende que la torta está dada y que no hay que preocuparse del crecimiento, sino solo de redistribuir. En el debate actual de las candidaturas presidenciales, por ejemplo: cada vez que se habla de recursos, instantáneamente los candidatos, independiente de su postura política, se refieren solo a las reformas tributarias. ¿Por qué? Porque lo que hay en la cabeza como un relato es que la economía es como una torta de tamaño fijo. Lo que no se dice es que alrededor de un 80% de los mayores recursos que hemos tenido en estos 30 años para políticas sociales no vinieron de mayores tasas, sino del crecimiento. Si esa es nuestra experiencia, lo que uno esperaría es que cuando se habla de recursos, de inmediato se planteara lo que es natural: no hay forma alguna conocida de resolver los problemas sociales que tenemos, en ningún país del planeta, que no haya sido cruzando el umbral del desarrollo. Y para cruzar el umbral del desarrollo necesitamos más inversión y crecimiento. Y en un mundo con movilidad de capitales, donde los capitales deciden dónde invertir y nadie está obligado a invertir en Chile, necesitamos reglas del juego que atraigan esa nueva inversión. Y es lo opuesto a lo que estamos haciendo.

– ¿Es suficiente la inversión y el crecimiento?

– No es que la inversión y el crecimiento sean suficientes, porque además se requieren políticas específicas que hay que aplicar. Pero son necesarios. Y eso no está en el relato dominante.

– Usted escribe sobre otro mito: que el sistema neoliberal produce mala distribución del ingreso. Es una mirada provocativa la suya.

– El sentido común que se ha instalado es que hay un enorme malestar, que tiene que ver con una mala distribución del ingreso y que de fondo está el modelo neoliberal. Son los tres eslabones. El primer eslabón de los tres, lo acepto al 100%: existe un enorme malestar. Pero el segundo eslabón indica que las personas están objetando la mala distribución del ingreso, es decir, que su preocupación es que el 5% o el 2% de más altos ingresos aumentó su participación. Lo que planteo es que las personas lo que están objetando es la enorme falta de recursos que existen para necesidades como la salud, la educación y la policía, para atajar la delincuencia. Esos recursos que las personas requieren son su verdadera demanda. Entonces la respuesta debería ser: vamos a proveer estos recursos y lo vamos a hacer con políticas redistributivas en aquello que sea necesario, por supuesto. Pero la respuesta es, en cambio: no, está mala la distribución y vamos a cambiar el modelo neoliberal. Sin considerar que la distribución del ingreso mejoró fuertemente en los últimos 30 años.

– El tercer eslabón apunta al modelo neoliberal.

– Lo neoliberal aparece como un paragua ideológico para el debate político, pero resulta simplemente incoherente seguir tildando de neoliberal a la economía chilena hoy día.

– ¿Podría explicarlo?

– El año 90, los típicamente neoliberales defendían que los salarios mínimos tenían que ser bajos, que las leyes laborales debían ser desprotectoras de los trabajadores para que no obstruyan en mercado laboral y que los trabajadores tenían que tener poca participación a nivel nacional en la política, etcétera. Veamos qué paso. En 1990, se decía que la economía chilena era neoliberal. El año 2021, esas mismas personas dicen que Chile es neoliberal. Pero ocurre que entre 1990 y 2021 los salarios mínimos crecieron más que los salarios promedio, pero seguimos siendo neoliberales. Las leyes laborales cambiaron: hoy día nuestra regulación de la huelga es más pro sindical que la de prácticamente todos los países desarrollados, pero seguimos siendo neoliberales. Sobre los impuestos a las empresas: los neoliberales dicen que tenían que ser bajos. Nosotros en 1990 teníamos un impuesto a las utilidades de las empresas que eran menos de la mitad de los países desarrollados y decían: somos neoliberales. Y hoy tenemos un impuesto a las utilidades de las empresas que es un 20% más alto que el promedio de los países desarrollados y siguen diciendo: somos neoliberales. Entonces, ese concepto elástico no es técnico, sino un paraguas ideológico y, por eso, es resistente a los datos, a las explicaciones y se repite una y otra vez como que aquí no hubiera pasado nada. Es parte del relato que uno tiene que enfrentar si quiere salir de la situación en que estamos.

– ¿Cómo se explica, entonces, la frustración? ¿Cuál es su propia lectura?

– Observo tres ingredientes grandes. La frustración con los resultados se ve agravada con los problemas desde 2014. En vez de mantener un ritmo acelerado de crecimiento de empleo, salario y políticas sociales, se frena. Esas familias están en una situación de fragilidad y con el frenazo de 2014 se le empiezan a cerrar las puertas. Y está el asunto del temor: si alguien de la familia pierde el empleo, por ejemplo –lo que se ve agravado con la pandemia– o se enferma o pensiona, la pobreza puede volver a tocarles la puerta. El malestar responde, a su vez, a los abusos. Las personas objetan los abusos que observan en las empresas, en el Parlamento, FF.AA. y carabineros, la Iglesias y, en general, la elite. Un tercer elemento tiene relación con un factor de la globalización y el impacto de las redes sociales. Si el malestar fuera solo por estas causas chilensis, no observaríamos que en el resto del mundo existe la misma desazón que en Chile respecto de los partidos, Parlamento o las grandes empresas.

– ¿Cree probable una salida positiva de este momento clave que enfrenta Chile?

– Creo que es posible. Pero si fuera honesto con la foto de hoy día, no lo creo probable.

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