Lo que sucedió
La agenda del país en las últimas semanas ha estado en Sudáfrica, y en la intensidad de las miradas y los apretones de manos del seleccionador nacional. En la zona de Concepción la agenda es otra, como lo descubrí después de estar allá hace unos días. O, mejor dicho, sigue siendo la misma desde el 27F: el terremoto y sus secuelas.
No se me interprete mal. La región no está paralizada, ni deprimida, ni resignada. Al contrario. Se la ve bullente y, por eso mismo, caótica, pues los problemas de infraestructura vial que dejó el terremoto son enormes. Las familias, las empresas, los municipios, las instituciones del Estado, todos ya están de vuelta en su actividad. Esto ha demandado un gigantesco esfuerzo, tanto material como emocional. Han tenido que reunir los pedazos, reprimir la pena, superar el miedo, vencer el desconcierto, quebrarle la mano a la impotencia. La gente de Concepción -como la de otras zonas afectadas- no ha masticado aún lo que ocurrió, pues ha debido volcar todas sus energías en levantarse. Lo que lograron, y en un tiempo récord.
¿Ha vuelto la normalidad? No. Físicamente, las huellas del terremoto están por todas partes. Pero más impresionante es cómo ellas están encajadas en las personas. Una y otra vez, y por las vías más inesperadas, toda conversación desemboca en el 27F. Desde lo más trivial -dónde estaba, qué hice, qué sentí- hasta lo más profundo, como interrogarse cómo será la vida después de esta experiencia límite.
Hay una atmósfera sensible, íntima, algo melancólica; esas que se imprimen después de haber estado ante el precipicio de la muerte. Es la hora de hacerse las preguntas que hasta ahora no se habían atrevido a articular ni verbalizar: cómo vivir con el nivel de incertidumbre que quedó instalado el 27F; cómo relacionarme ahora con mi familia, mis amigos, mis vecinos, después de haber visto lo mejor y lo peor de cada uno de ellos; cómo canalizar la nostalgia por esos días posteriores al 27F, cuando me reencontré con el bienestar que produce sentirnos todos iguales, colaborando y defendiendo a nuestras familias y propiedades.
En las conversaciones de hoy, lo más recurrente, de lejos, son los saqueos, las turbas, la autodefensa. Es algo a lo que aquí, en Santiago, ya se le echó tierra. No así en Coronel, Lota, San Pedro, Talcahuano o Concepción. Ahí, “lo que sucedió”, como lo denominara un antiguo empleado del municipio de Talcahuano -con cuyos funcionarios estuve reunido mientras la Argentina de Maradona era humillada por la Alemania de Löw-, sigue cruelmente presente. Es la principal fuente de angustia, confirmando eso que dice Boris Cyrulnik sobre las catástrofes: “Uno perdona a la naturaleza, pero se sufre por más tiempo la herida infligida por un hombre”.
El terremoto tiene explicaciones. Se sabe cuáles fueron sus características, por qué ocurrió, y qué grado de probabilidad hay de que vuelva a ocurrir. “Lo que sucedió” no tiene siquiera un nombre, como pasa con todo aquello que aterroriza. No se sabe cuál fue su alcance, por qué se produjo, cuáles son sus causas. Por eso mismo, nadie está seguro si no va a estallar de nuevo, ni qué hay que hacer para prevenirlo o mitigarlo.
La herida más abierta y dolorosa del 27F está aquí, en “lo que sucedió”. ¿Cómo sanarla? No lo sé, pero de seguro pasa por ponerle un nombre y erigir una interpretación que le dé sentido. Disciplinas como la sismología, el cálculo estructural o la ingeniería hidráulica se han volcado a la zona de catástrofe para comprender lo que aconteció. Lo mismo debieran hacer las ciencias sociales. De lo contrario, la reconstrucción tiene pies de barro.