La NFG y sus enemigos
Los ecos del discurso del 21 de mayo se apagaron. La emergencia del 27F está bajo control. La oposición se asienta cómodamente en el Congreso y asoma su ya legendario poder en las calles. El Gobierno ahora tiene que mostrar resultados: no basta con pronunciar frases altisonantes ni declarar una vez más sus deseos. La política retoma, así, su prosaica materialidad.
La "nueva forma de gobernar" (NFG) desalojó del Gobierno no sólo a los políticos de la Concertación, sino también a los de la Alianza. En el interior de estos últimos están agazapados sus peores enemigos. ¿De qué depende mantenerlos a raya? De la popularidad del Gobierno y del Presidente. Si su respaldo cae bajo el 50 por ciento, ellos, que sienten que se les expropió una victoria que les pertenecía, se dejarán caer sobre Palacio. Los partidos de la Concertación no trepidaron en abalanzarse sobre las "caras nuevas" apenas cayó la popularidad de Bachelet. Lo mismo harán los "desalojados" sobre la NFG apenas se presente la ocasión.
Las encuestas son la base de sustentación de la NFG. Y son mediocres. Esto explica el nerviosismo que ha empezado a rondar en La Moneda. Lo que ha dado lugar a un tic cada vez más frecuente: menoscabar la obra histórica de la Concertación, y justificar los problemas del presente por errores del pasado. Esta estrategia me temo que va a fracasar. No subirá la popularidad del Gobierno, y sus externalidades pueden acelerar el derrumbe de la NFG.
Una cosa es que la gente que está hoy en el Gobierno estuviese harta de la Concertación, pero otra es suponer que el conjunto del país tenga esa misma animadversión. Basta ver los hechos: los apretados resultados de la segunda vuelta presidencial, pese a las dificultades de la candidatura Frei, o la mayoría que consiguió la Concertación en el Senado, o la popularidad que rodeó y rodea a sus líderes, partiendo por Michelle Bachelet. Hay que ser cuidadosos de no tomar los sentimientos propios como universales. Disparar contra la obra de la Concertación puede despertar más rechazo popular que adhesión y, a la vez, facilitar el trabajo de la oposición.
Lo que más se reprocha a la Concertación son sus déficits de gestión. Es lógico: aquí está el ethos de la NFG, la cual se ha propuesto una tarea titánica: inseminar al Estado con los principios y estilos propios de la gestión empresarial, con tratamiento de shock si es necesario. ¿Se puede ganar con esto el cariño popular? Es dudoso. Pero la apuesta es legítima, y resulta alentador que se intente.
Para producir los cambios que necesita el Estado, sin embargo, no basta con descalificar lo que se hizo en el pasado, ni encargar un diseño a lo McKinsey, ni hacer aspavientos de voluntad. Si se mira la experiencia, en el pasado los problemas no vinieron de la escasez de ideas, técnicos o voluntad, sino de la carencia de una coalición suficientemente amplia como para superar los enormes obstáculos que entraña esta tarea: desconfianzas históricas, choques de intereses, egos institucionales y personales, divergencias culturales, entre otros. Si la NFG destina sus energías a condenar la obra de la Concertación, tal coalición será imposible, y los avances en materia de gestión serán nimios.
La NFG necesita remontar en las encuestas para contener a los “desalojados”. Pero atacar, para ello, la obra de la Concertación, es ineficaz y contraproducente. Es rechazado por la gente, enerva el clima político y resta viabilidad a los proyectos gubernamentales. Si quiere evitar la embestida de sus enemigos, la NFG tendrá que pensar en algo más sofisticado.