El mayor dilema cuando termina el penoso proceso de escribir un libro es la definición del título. Uno oscila invariablemente entre la sobriedad conceptual y aquello que podría llamar la atención de los lectores. En el caso de mi último libro, que busca explicar los factores que condujeron a que la Concertación perdiera la elección presidencial, nunca tuve mayores dudas sobre el título. "Radiografía de una derrota" me parecía fiel a su contenido y, a su vez, sintético y efectivo. Pero le faltaba algo. Andaba tanteando alternativas cuando la editorial me propuso "O cómo Chile cambió sin que la Concertación se diera cuenta".
Inicialmente me resistí, pues me pareció excesivo. Pero finalmente confié en su criterio, y así fue como quedó. Ahora, al observar las reacciones que el libro ha suscitado entre los líderes más expresivos de la Concertación, admito que no pudo ser más apropiado: efectivamente, no se han dado cuenta de cómo Chile cambió.
Unos han advertido que no lo han leído ni lo leerán, pero aun así lo enjuician. Otros, que les parece desleal que alguien que estuvo involucrado en el núcleo directivo de la campaña haga públicas sus reflexiones en un libro: cualquier autocrítica —señalan— habría que hacerla en las instancias internas de los partidos. Lo más folclórico ha sido la alusión a las "nanas" que rompen la confianza otorgada y dan a conocer las intimidades de sus patrones. A esto se suma un juicio al autor, presentándolo como alguien manchado por ese deseo tan propio del bajo pueblo como es ganar fama o dinero.
La Concertación acaba de vivir su propia catástrofe. Su electorado se dividió, y fue derrotada inapelablemente en las urnas. Cualquiera diría que debe hacer el duelo. Repasar lo que le condujo a esto, y hacerlo abiertamente, con meticulosidad y crudeza. No minimizar lo ocurrido, ni esquivarlo con el pretexto de que hay que "mirar para adelante". Pero no. Sus líderes siguen eligiendo el confort de la negación antes que el desgarro de un duelo. Prefieren seguir así, sin "darse cuenta", antes que cuestionarse para pararse otra vez sobre nuevos pies. Apelan para ello a la invalidación de quien promueva cualquier reflexión a fondo sobre la derrota. La acusación es ancestral: la traición a la tribu. Suena increíble; pero en el mismo minuto que los chilenos vemos el video de la Onemi, o exigimos transparencia al Gobierno para saber de los conflictos de interés, o queremos que se haga claridad acerca de los abusos en la Iglesia, aparecen líderes de la Concertación apelando a la "lealtad" y abogando por un debate entre las cuatro paredes de un cónclave. Se ha llegado al extremo de tomar cualquier contribución al debate como una "violación de la intimidad". Este es el mejor síntoma del mal que asuela a la Concertación. Para algunos, ésta se transformó en propiedad privada de una oligarquía asentada en redes políticas y familiares, y los que no pertenecen a ella no serían más que personal de servicio que le debe una gratitud que se paga con el silencio.
Pero Chile cambió, en buena medida gracias a la Concertación. Ya no acepta castas de ningún tipo; ni lenguajes patronales, ni intocables, ni menos secretismos. Lo que exige —de todo y todos— es respeto, transparencia, participación. La Concertación perdió porque se dejó capturar por una nomenklatura que ahogó su espíritu emancipador, democrático, libertario. Si no rechaza la negación y hace el duelo por la derrota; si no aprovecha la oportunidad para retomar su espíritu original y dejarse penetrar por el nuevo Chile, significaría que padece ya una enfermedad incurable.