Lecciones de una elección
Ésta es la campaña electoral que menos entusiasmo ha despertado desde la reinauguración de la democracia. ME-O suscitó cierta exaltación, es verdad, pero más por su estilo que por su oferta política.
Se consolidó ahora un fenómeno que venía insinuándose: el desacoplamiento entre las elecciones parlamentarias y la presidencial. La tradición era que el candidato presidencial ponía la música, y que los aspirantes al Congreso buscaran afanosamente adaptarse a ella, pues a mayor identificación con el abanderado presidencial, mayores las posibilidades de ser electos. Esto ya no corre: las elecciones parlamentarias tienen un carril propio, determinado por las circunstancias locales, y el grado de cercanía con la figura presidencial no es determinante. Esto ha sido un poco menor en el caso de la Alianza, donde el peso (y los pesos) de Piñera se han hecho sentir. Pero en la Concertación nunca se había visto tanta separación entre las candidaturas parlamentarias y la presidencial. Y en el caso de ME-O la dislocación es total, al punto de que éste apoya en cada distrito a candidatos de diferentes partidos y coaliciones.
Hay un segundo desacople llamativo esta vez: el que se observa entre la adhesión que generan el Gobierno y la Presidenta de la República, y la que despiertan los candidatos oficialistas. Las “adhesiones totales” ya no son la regla. Esto se había visto antes, pero nunca a este nivel.
Hay otro fenómeno que hoy parece normal, pero que pocos vaticinaban hace un año: la segunda vuelta presidencial. Cuando ocurrió por primera vez, en 1999, fue un cataclismo. Cuando volvió a suceder el 2005, fue una sorpresa. Ahora, en cambio, ya es rutina. Todos saben que uno de los elegidos será Piñera, y sólo queda alguna incertidumbre respecto de quién lo acompañará en el ticket del 17 de enero. De hecho, en estas últimas semanas de campaña el interés periodístico ya se trasladó a ese evento. La segunda vuelta, en suma, ya es parte del paisaje, pues resulta confortable tanto para la clase política como para los electores: a la primera le da más juego y le permite más rotación, y a los segundos les permite más opciones y más ocasiones para elegir.
Con todo, la gran novedad está en que tres de los cuatro candidatos (y a juicio de muchos, los cuatro) provienen de las filas de la Concertación. Esto coincide con la convergencia de todos ellos en torno al discurso histórico de la Concertación. Desde un Piñera, que habla de protección social y de un Estado más fuerte y muestra a una pareja gay en su franja, hasta un ME-O que ha enterrado su fama de “díscolo” (y con ella al senador Navarro), para presentarse como parte de la élite dirigente del país y ofrecer un programa centrista para garantizar gobernabilidad; pasando por Arrate, cuyo discurso y estilo son mucho más centristas y moderados que los de los precedentes candidatos del Juntos Podemos. Para ponerlo de otro modo, esta campaña se ha desenvuelto en el campo ideológico y programático de la Concertación —y si nos ponemos más puntillosos, de su ala más de izquierda—, del mismo modo como en los años 90 las campañas se desenvolvieron en el campo de la Alianza.
Las novedades descritas, ¿son anomalías pasajeras destinadas a desvanecerse, o rasgos de un nuevo escenario político, que ya se venía anticipando, pero que ahora se consolida? La respuesta a esta pregunta no es baladí, pues las lecciones que se saquen de esta elección determinarán cómo verán los actores políticos el futuro que se abre y, en lo inmediato, cómo van a encarar la segunda vuelta presidencial.