El viernes 11, al final de la tarde, pasé a despedirme de Edgardo, en vísperas de un viaje al extranjero. Conversamos largamente como lo hicimos casi cotidianamente por tantos años. Hacia el final nos dimos un largo apretón de manos y las lágrimas corrieron por ambos lados.
¿Por qué escribir estas líneas después de tantos reconocimientos y homenajes en estos días? Comencé a trabajar con Edgardo Boeninger a fines de los años 80. Él estaba encargado de elaborar el Programa de Gobierno y me pidió que coordinara el área económico social de ese Programa. Desde entonces, y por 20 años, coincidimos en tareas de gobierno, después en el Senado, en la Cancillería y recientemente en Cieplan. Durante todas estas etapas compartimos una interesante discusión de ideas y propuestas en las más variadas áreas de las políticas públicas.
Mi admiración por Boeninger creció continuamente durante todo ese tiempo. Recuerdo una de esas tardes frías y con lluvia en que asistíamos a alguna ceremonia, yo arropado con abrigo y paraguas, y Edgardo con una chaqueta liviana, casi en mangas de camisa. Le pregunté ¿por qué no te pones un abrigo o impermeable? Me contestó: "porque desde muy joven me acostumbré al frío. Vivía en una pensión y no tenía plata para comprar un abrigo".
Esa fortaleza de carácter, sin nunca dramatizar los momentos difíciles de su vida o de las múltiples tareas que le tocó desempeñar en política o en el gobierno, fue una constante que los que estábamos cerca constatábamos sorprendidos.
Boeninger era un constructor de nación todos los días. Desde el primer minuto de la transición entendió que el país en su nueva etapa se construiría entre todos o no habría un futuro posible en democracia.
Ganada la elección en 1989, fue un maestro del diálogo con la oposición, junto al Presidente Aylwin y al presidente del Senado, Gabriel Valdés. Ellos tres contagiaron al país de un nuevo espíritu y, por primera vez en muchos años, de un optimismo respecto del futuro. Trabajando en esos años en el Ministerio de Hacienda tuvimos en Boeninger, ministro de la Presidencia, el más constante y continuo respaldo y apoyo todos los días y durante cuatro años, en una tarea, la de Hacienda, donde hay que manejar continuamente presiones y conflictos. No recuerdo una sola instancia en que Edgardo no nos haya dado su estímulo, sus ideas, su aporte creativo. Por eso, cuando me han preguntado por las razones del buen resultado económico del gobierno de Aylwin, siempre he respondido que se debió a la calidad de la política, donde el aporte cotidiano, inteligente, abierto y perseverante de Boeninger fue un ejemplo para todos los que estábamos en el gobierno o en el Congreso y en otras instancias de decisión política. Mi deuda personal con él por el apoyo de esos cuatro años es inconmensurable y cimentó una amistad que se fue profundizando todos estos años.
En el Senado teníamos oficina al frente. Conversábamos en detalle los proyectos de la comisión de Hacienda. Pero mientras yo me quedaba en esos temas, Edgardo asistía a todas las comisiones que el tiempo le permitía y daba su aporte en los más variados proyectos de ley imaginables. Construía acuerdos transversales en casi todos ellos. Dejó una marca imborrable también en el Poder Legislativo.
Escribo estas líneas estando lejos, y en el día de su funeral. Siento de nuevo su presencia segurizante, su mente clara, su notable capacidad para analizar los más complejos problemas y mostrar una vía de solución. Siento su alegría a borbotones, su gozo de la vida, su pasión por Chile y su futuro. Siento su enorme e incansable afecto y amistad. No sé cómo agradecer todo aquello.